13
2011
En bus, de camino a Santa Marta
Resulta curioso que en una época en la que las estadísticas contabilizan “al céntimo” cada partida presupuestaria destinada a gasto social, nadie hable de otros costes, como el del transporte oficial de los políticos. Es cierto que hay cargos públicos que por seguridad no pueden acudir caminando a según que lugares, ni es prudente que viajen en tren. Al asesino de Olof Palme le debemos la lejanía actual de los políticos… pero una cosa es ampararse en cuestiones de seguridad y otra muy diferente es hacer ostentación de determinados privilegios, sobre todo si no se hace público su precio.
José Bono y Fernández Mañueco hacen siempre gala de su compromiso con su tierra. El uno siempre cuenta que puso como condición para ser nombrado Ministro, poder seguir viviendo en Toledo; el otro decidió vivir en Salamanca, no sabemos si por compromiso con su ciudad o porque quien lo nombró Consejero lo quería lo menos cerca posible. Sea como fuere, el capricho sale caro a las arcas públicas y carece de justificación alguna.
Y de tanto coger vehículos oficiales, aunque sea para recorrer exiguas distancias –como hacen algunos ediles del Ayuntamiento de Salamanca-, al final se acaba perdiendo la perspectiva y noción de realidad. Por eso, el Consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid, José Ignacio Echeverría niega la existencia del metrobús, el billete más popular de Madrid desde hace diez años, mientras la bancada popular le ríe la gracia a mandíbula batiente, mostrando ignorancia y soberbia a partes iguales.
Más allá de “la anécdota” de si el Consejero tal sabe cuánto cuesta un bus o si la concejala cual va a todas partes en coche oficial, lo relevante es que quienes están al frente de lo público tienen dos obligaciones que no suelen cumplir: que los servicios públicos funcionen bien, y que las empresas privadas se lucren gracias a un servicio prestado con calidad y no a costa de atracar a los usuarios. Salamanca es un buen ejemplo de lo poco que deben usar el bus sus políticos. Desde su atalaya de poder no conocen los retrasos endémicos, la supresión encubierta de servicios en horas en que las líneas no son rentables, los “mogollones” a la hora de salir de clase, el exceso de usuarios en hora punta nunca sancionado, los recorridos hechos a conveniencia de las empresas y no con “criterio de usuario” y sobre todo, desconocen lo que le cuesta a cada economía familiar recargar sus tarjetas de transporte. Y gracias a ese interesado desconocimiento, y a las siempre toleradas subidas de precio, las empresas concesionarias mantienen intacto su margen de ganancia, pese a que cada año pierden usuarios.
De esto hablábamos en el bus, de camino a Santa Marta, con Gaspar Llamazares, mientras la gente se preguntaba con incredulidad ¿qué hace en este autobús un Diputado? Lástima que determinados gestos sean anecdóticos y no la norma habitual.
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