ago
15
2010

Agüita

 





Cuando un ciudadano se pregunta por qué el agua del grifo sabe a rayos y el edil `del ramo´ contesta culpando a la oposición de mentir, tres son las evidencias. Primera, el problema de la calidad del agua en Salamanca es más grave de lo que imaginamos. Segunda, el mencionado político no tiene ni pajolera idea de cómo resolverlo y tercera, definitivamente, nos toman por perfectos imbéciles.

 

Que Emilio Arroita no sea un intelectual es algo que debiera carecer de trascendencia política. Frente a los tecnócratas y quienes desconfían de la política, muchos defendemos la igualdad de oportunidades en el acceso a las Instituciones democráticas. Y ello porque en un Ayuntamiento más allá de los políticos de turno –o perpetuos, como Lanzarote- trabajan técnicos muy cualificados, seleccionados conforme a los principios de capacidad y mérito, que acompañan e informan a quienes los ciudadanos han puesto de políticos refrendando su programa. Y más allá de todo ello, debe haber un entramado cívico-ciudadano que contribuya a mejorar la gestión pública y en definitiva, la calidad de vida. Por eso, decía, lo significativo no es la capacidad de discurrir del político al que han puesto al frente del área de medioambiente, sino que éste caiga en la osadía de pensar que si alguien como él está capacitado para dirigir el medioambiente, es porque el resto somos tontitos.

 

Porque más allá de que Dios no llevase a la criatura por la senda del Nobel, la rueda de prensa ofrecida por Arroita sirvió una vez más para desacreditar a los políticos y generar desconfianza en los ciudadanos. Pudo encargar un análisis independiente y no lo hizo. Pudo dar un ultimátum a la concesionaria, siquiera como gesto a la galería, y optó por escurrir el bulto. `Líbreme Dios de la crítica que de la autocrítica ya me libro yo´. Y tras cargar contra el PSOE, culpar al Gobierno, y  abroncar a los salmantinos por su pituitaria exquisita, marchose a elaborar futuras disertaciones.

 

Dijo el empresario: <<el agua es potable>>. Y las masas se agolparon en los ultramarinos para hacer acopio de agua mineral. Aqualia gestiona ahora lo que antes fue un servicio público. Este dato, la gestión indirecta del agua ha pasado desapercibido en el marasmo de críticas que los concejales de uno y otro partido se han vertido. Quizás porque en esencia, ambos comparten la gestión privada cuando ahí reside el quiz de la controvertida cuestión. Porque nada convierte en mejores gestores per se a los políticos del PP o del PSOE. Lo significativo, y por ende relevante, es que cuando la gestión del agua era pública, el ciudadano tenía cuanto menos, derecho al cabreo, y sabía que la responsabilidad era del político. Desde que la empresa gestiona el agua, todo parece ser perfecto, no hay lugar a la crítica y quien quiera ejercer sus derechos, habrá de perseverar en los procelosos mundos del derecho administrativo: que si la empresa, que si la Confederación del Duero, que si el Ayuntamiento, la Junta o el Gobierno… nadie sabe a qué puerta llamar, aunque sólo sea para llorar. Y mientras, Aqualia a cobrar e irse de rositas.

 

José de Echegaray dijo a los 83 años que no podía morirse porque para escribir su Enciclopedia de la Física Matemática necesitaría al menos 25 años. Por las mismas, cesar ahora a Arroita sería un crimen. Sólo deben restar unos 24 años para que alcance a darnos una explicación creíble de por qué el agua huele mal y sabe peor.

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