jul
19
2010
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Debate del Estado de la Selección

Marcó gol Iniesta y la clase política traspasó la delgada línea roja que separa la emoción e histeria colectiva de la estupidez, si es que a veces no son lo mismo. Uno admite que un gol genere ilusión raudales, alegrías incontenibles, expresiones colectivas de júbilo. La esencia del deporte, más allá de títulos o derrotas, de hazañas, estadísticas o records pulverizados, de periódicos, libros o ediciones especiales en DVD en que se recogen las grandes gestas deportivas, se reduce en esencia a momentos: inolvidables para sus protagonistas, más o menos duraderos para la hinchada o el mero espectador.
A las pocas horas de haber levantado el título de campeones, los políticos se esmeraban en metáforas imposibles y comparaciones ridículas, siempre con los protagonistas de la hazaña futbolística como germen de sus ocurrencias. Y por supuesto, todo ello para `argumentar` verdades que jamás serán demostradas, por carecer de base científica alguna, o porque pondrán de manifiesto que quien las formuló es un perfecto imbécil.
El problema estriba en los límites, en el umbral de estulticia que uno está dispuesto a tolerar a la clase política, y en la autoexigencia que uno se impone para detectar en qué momento lo están llamando idiota a la cara. En esta semana de fervor patriótico y exaltación de la ignorancia futbolística –como si por ser campeones cualquiera esté capacitado para opinar del doble pivote, del fuera de juego posicional, o de los cambios que hizo Del Bosque-, hemos asistido a ejemplos suficientes: primero, la confrontación interesada entre el apoyo que ha obtenido La Roja, la oleada de banderas rojigualdas y el nacionalismo, como ideología legítima. Segundo, los manidos cálculos de si el triunfo en el mundial benefició o perjudicó al Gobierno. Tercer ejemplo, la oleada ventajista de reconocimientos (tardíos) a deportistas que merecen nuestro reconocimiento pero que tampoco dejan de ser más que eso, grandes deportistas, iconos, referencias colectivas.
Y así las cosas, el Debate del Estado de la Nación a punto estuvo de convertirse en el Debate del Estado de la Selección, o lo que es peor, en mera confrontación futbolera. De una parte, porque para algunos políticos el triunfo mundialista equivale a la esperanza, a un futuro armonioso, al fin de la crisis… si con frecuencia se critica a la clase política su enorme capacidad de abstracción de los problemas reales de la gente, ahora podría achacársele lo contrario: en un momento de emoción y optimismo, no hay que ser agorero, pero sí recordar que los problemas siguen encima de la mesa. De otra, porque planeó por el Hemiciclo la grosera intención de convertir la política en cosa de dos, como si de un Madrid-Barça se tratara, como si no hubiera minorías y éstas no tuvieran nada que decir, y dando por supuesto lo evidente: que el árbitro serán los nacionalistas, y habrá que hablar Euskera o Catalán en la intimidad.
Aborrezco el Debate del Estado de la Nación porque nadie se molesta en disimular, y se fomentan los embustes: a mitad del debate (cuando termina de hablar Rajoy) se nos pregunta quién ha ganado. Quienes detestan la política, exigen entendimiento a los políticos, obviando interesadamente que representan intereses sociales antagónicos, y por supuesto, el debate se centra en un cara a cara entre dos políticos que cantan diferente letra, pero hace tiempo que interpretan la misma partitura.
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