Más allá del Juez Garzón

Miles de personas han salido a las calles de ciudades españolas y europeas para protestar contra el procesamiento del Magistrado-Juez Baltasar Garzón, y decenas de miles han suscrito manifiestos o apoyado plataformas en diferentes redes sociales.
Aunque son muchos los manifestantes que profesan por Garzón una admiración que les ha llevado a salir a la calle en su defensa, en general, la “revuelta cívica” va más allá de la figura del Magistrado de la Audiencia Nacional. Y es que el hecho de que Garzón esté en la picota, por mor de un proceso impulsado por Falange y ese “ente” llamado Manos Limpias, resulta tan ofensivo como indigna es la razón por la que se le quiere sentar –esta vez- en el banquillo: reabrir las fosas comunes que albergan los restos de un genocidio no reparado y ni siquiera reconocido por el sector más ultra de la sociedad.
Si una virtud tuvieron las convocatorias de este fin de semana fue su civismo. Lejos de generar ira y confrontación aportaron dignidad y reclamaron justicia. Frente a Garzón están todos sus enemigos. Y que esos enemigos, todos, tengan en común, ser enemigos de la democracia, convierte a los manifestantes que defienden a Garzón en ciudadanos que han estado a la altura de una sociedad cívica, democrática y avanzada.
¿Es indigna la convocatoria de apoyo a Garzón? El PP así lo considera. En un ejercicio de cinismo difícil de superar, esgrime la necesaria separación de poderes y el respeto al Tribunal Supremo y a la independencia judicial. No estaría de más que alguien recordara a Rajoy que en democracia, cualquier manifestación ciudadana es legítima, y que si Garzón está en el banquillo, es por una querella presentada por un partido que en Alemania, sería ilegal.
Más zafio –aunque menos sorprendente- es el argumento de Rosa Díez, que tilda de “nostálgico antifranquismo” las movilizaciones ciudadanas. Sin embargo, sus argumentos ayudan a entender las razones por las que la ciudadanía se moviliza, como digo, más allá del Juez Garzón: no pude tildarse de nostálgico a quien lejos de añorar el pasado, lo que reclama es un acto de valentía democrática. No hay reconciliación sin reparación, no hay memoria mientras se imponga el olvido.
Ian Gibson acertó al sintetizar que el mundo mira de reojo a un país que reconoce para las víctimas del franquismo menos derechos que a las de Pinochet, y que “no puede acusarse a uno de reabrir heridas cuando nunca se han cerrado”.
Visto con cierta distancia, que a Garzón se le vaya a juzgar por su intento de sentar al franquismo en el banquillo dice tan poco de España, como el hecho de que quienes aspiran a gobernarla, se entretengan en torticeras argucias procesales para defender su encausamiento.
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