7
2010
El Trono y el Altar (V)
Se pregunta Isabel Jiménez, Presidenta de la Diputación cómo es posible que la Cruz, símbolo de paz y amor, pueda ofender a alguien (sic), mientras hace un llamamiento a tener presente al Crucificado. Parece evidente que lo único que se pretende es utilizar políticamente el pregón de un evento que trasciende lo religioso para convertirse en cultural –por eso habla el político y no sólo el Obispo- . Pero no está de más recordarle a la Presidenta, el significado del aconfesionalismo en la España constitucional.
Resulta, Sra. Jiménez, que lo que para usted y millones de personas, es un símbolo de paz y de amor –la Cruz- , para otros muchos tiene un significado muy diferente. Algunos no pueden dejar de ver tras la Cruz a la Iglesia Católica, y ello les lleva a pensar en los múltiples pecados cometidos por ella y de los que aún sigue pendiente la confesión: baste con nombrar los de mayor actualidad hoy, los casos de pederastia.
Otros perciben detrás de la Cruz un símbolo enemigo o rival. Su fanatismo por una simbología y una creencia determinada les lleva al enfrentamiento con la Cruz, con la misma saña con la que los seguidores de ésta han perseguido a creyentes de otras religiones en sus cruzadas. Hoy por hoy el problema no es Dios, sino que el fanatismo se haga en su nombre. La teoría de Isabel Jiménez es endeble: donde ella ve un símbolo de paz y amor, otros ven imposición, miedo, nacionalcatolicismo. Y al tiempo, cualquiera puede reivindicar su derecho a hacer valer como patrimonio común, su percepción individual sobre los iconos: lo que para Jiménez representa la Cruz, para mí lo representa Ernesto Guevara, y para otros la media luna, pero no hay que ser Licenciado para entender que no todo el mundo piense lo mismo.
También hay ciudadanos que, aun compartiendo la visión de Jiménez sobre lo que representa la Cruz, sientan que la religión debe tener su propio espacio. Estar entre la gente, como hizo Cristo, no equivale a imponer el crucifijo, por mucho que la sociedad española se declare mayoritariamente católica.
Y finalmente, y si todo ello no le parece suficiente la Sra. Jiménez, cabe recordarle que la Constitución proclama la aconfesionalidad del Estado, o lo que es lo mismo, que como máxima representante de una Institución, la Diputación de Salamanca, no debe hacer suya una religión en particular.
La obsesión proselitista que impera en el PP, y la complicidad que con ellos han adoptado las Cofradías, puede llevarles a resultados no deseados: lo que hoy es un logro –que las procesiones de Semana Santa sean percibidas por propios y por extraños como un referencia cultural propia–, termine por suscitar el rechazo de aquellos a quienes se nos reprocha nuestra falta de fe, o nuestra supuesta persecución hacia lo católico. Hay que ser muy miope para blandir el miedo al ateísmo en unos días en que la Cruz sea pasea con fervor por media España.
Que se sienta libre Doña. Isabel, para acudir a eventos religiosos y practicar su fe en libertad. Pero que no olvide, que cuando se sube a un púlpito, sus palabras nos representan a todos, y, somos muchos los que no compartimos ni sus creencias, ni su ingenua visión sobre el amor fraterno y la simbología religiosa. Hace tiempo que aprendimos a distinguir entre el político tonto, y el que intencionadamente, se lo hace.
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