Cuando lo necesario es imposible…
Tras las elecciones del 9 de Marzo de 2008, miles de personas se echaron las manos a la cabeza: Izquierda Unida con casi un millón de votos tenía los mismos escaños –dos- que Coalición Canaria con menos de 200.000. Para IU un escaño vale cuatro veces más que para el PSOE o el PP. Más de 640.000 votos a IU se quedaron sin voz en las Cortes en las últimas elecciones. “Hay que hacer algo”, sollozaban algunos mientras aplaudían la victoria de Zapatero; después se escudaron en que IU, en tiempos de Julio Anguita, obtuvo con esta ley 21 escaños -olvidando que entonces debió sentar a más de 50 Diputados en el Congreso- y luego recurrieron a la serenata del “marco constitucional”.
Pero el modelo electoral sobre el que se sustenta el sistema político no se inventó de la nada. Tiene un pasado: la “transacción” española se sustentó sobre un consenso plasmado en un sistema electoral en el que los nacionalistas, al concentrar todo su voto en dos o tres circunscripciones, obtendrían representación suficiente como para “condicionar” la política de todo el estado al tiempo que se consolidaba una inercia bipartidista, toda vez que en las circunscripciones donde se escoge un reducido número de diputados, la proporcionalidad se torna en una suerte de sistema mayoritario, en el que los votos de las fuerzas minoritarias acaban inexorablemente en la basura. Semejante consecuencia mina al votante de esas opciones, que en momentos de gran tensión electoral opta por una de las dos “ofertas antagónicas”, y cuando las elecciones parecen decididas, opta por quedarse en casa, o hacer un corte de mangas.
En la transición, además de pactarse el harakiri de las Cortes franquistas, se instituyó un sistema electoral basado en pequeñas circunscripciones, para favorecer el bipartidismo, no incordiar a los nacionalistas, y sobre todo, para mermar la representación del enemigo en la recta final de la guerra fría: el PCE.
Si se analiza la evolución del voto en España, se observa con facilidad que hay dos grandes beneficiados del sistema: el PP y el PSOE. Estos partidos han alcanzado porcentajes de voto propios de un sistema puramente bipartidista. Si a ello sumamos que la representación nacionalista apenas ha variado, es fácil deducir dos consecuencias: el PP necesita al nacionalismo para justificar unas políticas que sin ellos perderían sentido; ¿para qué reivindicar España, si no hay antiespañoles? Además, y al igual que le ocurre al PSOE, su tantas veces denostado enemigo nacionalista acaba por convertirse en el mejor de los aliados. Conclusión: sólo sobra la izquierda.
Durante dos años, sus señorías se han dedicado a estudiar una fórmula electoral más justa. Pidieron ayuda al Consejo de Estado –poco sospechoso de ser revolucionario- y éste dejó claro que una forma de corregir la tropelía electoral era aumentar a 400 los diputados (cosa compatible con reducir el sueldo de cada uno de ellos, por cierto), y crear una “bolsa de restos” para que, en definitiva, todo voto tenga la posibilidad de sumarse a una candidatura, evitando el viaje a la papelera.
Pero para el PSOE y el PP la máxima es alcanzar el poder y perpetuarse en él como sea. Tanto, que incluso votan juntos contra cualquier cambio que les resulte incómodo. Demócratas ellos, en una semana han hecho pinza contra la renovación del Constitucional –que necesitan controlar- y contra un cambio “serio” de la Ley Electoral, o dicho de otra manera, han pactado el control consticuional -el judicial ya lo tenían tras la última renovación del CGPJ- y han optado por un sistema electoral donde un voto no vale lo mismo en Madrid que en Soria, a IU o al PSOE. Decía Jesús Ibáñez que “cuando lo necesario es a la vez imposible, hay que cambiar las reglas de juego”… Lamentablemente, en España, la democracia siempre fue lo de menos.
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