Fotos impertinentes
Como siempre que vienen mal dadas, los partidos, acorralados por la corrupción, utilizan la manida presunción de inocencia, la misma que niegan sistemáticamente a cualquier rival político, y que incluso desprecian si se trata de una condena políticamente correcta (un terrorista callejero o un agresor sexual). Además, se apela a realidades difícilmente demostrables como la honestidad, la vocación de servicio público, el trabajo en favor de la comunidad, y en caso de que el asunto se ponga feo (sinónimo de levantamiento sumarial), siempre queda el recurso de dimitir, o de cesar temporalmente al político de turno.
En soledad, en una sala lúgubre, sin el respaldo de un solo compañero y sin las gaviotas de fondo, no fuera a ser que algún avispado ciudadano cayera en la cuenta de que se trataba de la sede del PP, compareció Miguel Ignacio González a dar explicaciones sobre su honorabilidad (en la mesa en la que él estaba no se contaba dinero) y lo poco que la vida le ha cambiado, hasta el punto de seguir siendo el de siempre, Miguelón (sic). Juro que en ese momento casi me pongo a pensar en Indurain, pero me llamó más la atención la soledad del honesto y pulcro político, aludiendo a la perversión de la oposición, de la policía, de los medios de comunicación mientras negaba lo aparecido en un informe policial –algo que en los mentideros, incluso de la derecha, se comentaba desde hace semanas-, tan alejada de la imagen de colegueo y palmadita en el hombro que tanto le caracteriza en cualquier sarao - palco de autoridades mediante-, pues es persona habitual en semejantes menesteres –pensemos que por imperativo del guión-. Huelga decir que, del mismo modo que la presunción de inocencia es sagrada en el ámbito penal, no es lo mismo la irresponsabilidad penal que la decencia política, y que “la mujer del César” podrá alegar en juicio lo que proceda, pero debiera empezar por demostrar que es honrada, independientemente de si lo pareció o dejó de parecerlo en algún momento.










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