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2008
Inmaculada Transacción
Quién sabe si porque la efeméride política va seguida del día de la Purísima, la mayoría de los españoles al evocar el 6 de diciembre de 1978 parecen aludir a la Inmaculada Transición. Eso, o de modo más academicista y citando a Jesús Ibáñez “que el orden dominante nos impone el olvido (…) y el olvido de que hemos olvidado”. Porque frente al discurso mayoritario en el que se subrayan las palabras concordia, consenso, acuerdo o democracia, subyacen otras como desencanto, transacción o reforma vigilada.
Y porque Franco murió en la cama y a los españoles nos invitaron a votar y poner en marcha un proyecto constituyente en el que unos perdonaron, cedieron y renunciaron a casi todo, y otros, previo harakiri (bien pagado), cedieron en la forma política pero no perdieron el poder.
Mientras Suárez y Juan Carlos I pasarán a la historia como políticos de gran altura por tener la intuición de que sería difícil sostener un régimen dictatorial en el mundo occidental, a 25 años del siglo XXI; otros, como los comunistas Carrillo, Sánchez Montero, o Pasionaria, todo lo más que obtienen es el calificativo de responsables olvidando interesadamente que ellos renunciaron a rendir cuentas al franquismo, aplazaron la recuperación de la memoria, aceptaron la bandera, la corona y la economía de mercado. A partir de entonces, ¿de verdad era un esfuerzo tan grande poner a unos y a otros de acuerdo? ¿Es razonable que en unas Cortes Constituyentes hubiera senadores con designación Real? ¿Concurrieron en igualdad todas las fuerzas políticas?
Treinta años después el legado se desvanece, no porque los unos insistan en retomar causas pendientes, sino porque los otros, que velaron entonces porque el tránsito a la democracia no se saliera del guión, se han adueñado del lenguaje. No le faltaba razón a Marx cuando explicaba que “cada artículo de la Constitución contiene, su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja”, pero seguro que no imaginaba que los “patriotas constitucionales” utilizarían semejante legado para argüir que en la Constitución caben todos (menos los republicanos, los nacionalistas, los que defienden la planificación democrática de la economía, o los federalistas) al tiempo que protegen a un monarca irresponsable e inviolable, pactan de hecho y cuando les conviene un modelo confederal y tildan de camorrista inoportuno a quien menciona la aconfesionalidad del Estado, recuerda que la propiedad privada queda supeditada al interés general o pide desenterrar a un fusilado que yace aún en una cuneta.
Si un día se apropiaron de la palabra España –condenando al olvido a la otra- hoy se autodenominan constitucionalistas dejando claro, eso sí, que Constitución –al igual que madre o que Dios- sólo hay una, y que la interpretación única y verdadera es la del Tribunal Constitucional que co-patrimonializan.
Probablemente, y teniendo en cuenta la coyuntura “olvidada” que rodeó la Transición, el texto Constitucional sea difícilmente mejorable. Pero si se azuza el miedo cada vez que alguien sugiere la necesidad de reformarla quedará confirmado que, además de memoria, a nuestra sociedad le sigue faltando madurez democrática.
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