Hombres contra la violencia de género
Si para algo sirven las estadísticas es para ayudarnos a identificar determinados fenómenos, para repensar conceptos, para renombrar una realidad que en muchas ocasiones se manifiesta con tozudez y que nos empeñamos en ignorar.
Gracias a las estadísticas, cada vez que una mujer es asesinada por su marido, esposo, amante, exnovio o pretendiente, la sociedad se conmociona hasta el punto de que hoy es raro encontrar alguien que ose expresar públicamente cierta complicidad con la “violencia doméstica”.
Pero las estadísticas pueden llevarnos a equívoco si nos obcecamos con lo cuantitativo. El hecho de que en lo que va de año hayan muerto menos mujeres no significa que la “violencia de género” haya disminuido. Para empezar, porque este tipo de violencia, cuya manifestación más cruel y sangrienta la representan los asesinatos cometidos en el ámbito doméstico, es mucho más amplia y tiene su génesis en la desigualdad. A más desigualdad entre hombres y mujeres, más violencia.
Tratar de esquivar la responsabilidad intrínseca que tenemos los hombres respecto a la violencia de género es tan perverso como achacar la existencia de asesinatos de mujeres a lo mucho que éstos se publicitan en la tele (tal y como piensa la inquilina de la Zarzuela). Si bien es cierto que ni mucho menos la condición de hombres nos convierte en asesinos, no lo es menos que a día de hoy, los hombres somos cómplices de la violencia cuando nos resistimos a que los privilegios masculinos se cuestionen, cuando miramos con desconfianza el nombramiento de una ministra de Igualdad y cuestionamos las cuotas en los partidos, en los gobiernos, etc. creyéndonos la falacia de que el mérito es la única variable que existe cuando formamos parte de un partido, de un sindicato, o cuando nos enfrentamos a una entrevista de trabajo. Pensar que detrás de una víctima de la violencia machista puede haber una “oportunista”, no es sino una forma de legitimar la violencia y a los violentos.
Parece fácil, con el viento favorable, salir a condenar la violencia de género, aprobar resoluciones en plenos municipales, dedicar Cartas a un maltratador (de buenas intenciones está lleno el empedrado). Pero si no se cuestiona un sistema que de raíz nos otorga roles desiguales (en el trabajo, en el hogar, el sexo, en el cuidado de nuestros mayores), si no se replantean determinadas actitudes, y sobre todo, si nosotros, los hombres, no asumimos un compromiso activo, será difícil erradicar tan macabro fenómeno.
Porque no es suficiente con que mascullemos un exabrupto cuando vemos a un asesino por la televisión, ni que nos indignemos ante personajes miserables a los que la televisión puede catapultar al estrellato. Lo cómodo es repudiar al asesino y no pensar en los condicionantes que han llevado a una persona a llevar al límite su machismo.
Aun no hemos entendido que acabar con el machismo no solamente beneficia a las mujeres, sino que a nosotros, los hombres, nos hace más libres. La violencia de género no solamente es un problema para las mujeres, que son nuestras mujeres, madres, hijas, hermanas, amigas, vecinas. También es un problema para los hombres, porque también nos convierte en víctimas de una sociedad injusta, desigual y discriminatoria. Por eso, tenemos que ser los hombres los que demos un paso al frente y gritemos contra la violencia machista y la desigualdad de género.










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