sep
15
2008

Fernando no lo entiende -El Trono y el Altar (III)-

 

Si D. Julián quiere ser Dios…” que lo sea, y a ser posible que no moleste.

¿Mitin? ¿homilía? ¿exabrupto? Resulta difícil calificar y encuadrar en algún género la desafortunada intervención de Julián Lanzarote en la Catedral de Salamanca, con motivo de la Misa de honor a la Virgen de la Vega.

Su recital de mala educación, a diferencia de lo que piensa el portavoz del PSOE, Fernando Pablos, no se reduce a la falta de “saber estar” de nuestro primer edil ni a un abuso de confianza (otorgada por el Obispo) y del cargo que ostenta, sino que debe analizarse desde la óptica de la relación entre lo político y lo religioso.

Soliviantado porque el Alcalde haya utilizado el Púlpito para abroncar al poder legislativo “por regular hechos que son de Ley Natural”, responde con una misiva en la que le ruega al Obispo que suprima las intervenciones políticas en futuras ediciones de la Misa en cuestión. La peregrina ocurrencia del Grupo Socialista no sólo supone una intromisión en aspectos que sólo al Obispado corresponden sino que genera aún más confusión. Tanta como la que impera en el PSOE en lo relativo a las relaciones Iglesia- Estado.

En realidad, que Lanzarote se explaye políticamente en Misa sólo debería incomodar a los fieles allí presentes –que juzgarán acertado o no su mensaje en función de su “oportunidad” y de la adecuación del trasfondo ideológico del mismo a la doctrina de la fe- y al conjunto de la ciudadanía en la medida en que esas declaraciones se hubieran realizado “en representación de todos”.  Y precisamente para evitar que eso ocurra, el PSOE debería empezar por no encomendarse al trabajo epistolar y centrar su labor en sacar adelante -allí donde ha sido legitimado por los ciudadanos- una iniciativa que sirva para delimitar la presencia institucional de la Corporación en eventos religiosos (sean de la confesión que sean).

Nadie cuestiona –ya lo he reiterado en ocasiones anteriores- quien desempeña el cargo de concejal viva con devoción su fe y que acuda a honrar a la Virgen –que por mor de la tradición es la Patrona de la ciudad-. Cosa bien diferente es que participar de un evento religioso en el ejercicio del cargo público.

Si éste no es el momento ni el debate para exigir que el PSOE desempolve la ponencia sobre laicidad que guardó en un cajón durante su último congreso, sí podría pedirse que sus representantes actúen con coherencia o, lo que es lo mismo, con sentido común.

Porque, ni se puede estar en Misa y repicando campanas ni se debe confundir “el sentido de la responsabilidad” con el interesado ataque a la libertad religiosa (de quienes no son creyentes pero sí salmantinos, o de quienes llevan la procesión por dentro).

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