MANIFIESTO ECOSOCIALISTA

3 Mayo 2006

Carlos  Antunes-Pierre Juquin

Penny Kemp- Isabelle Stengers

Wilfried Telkämper- Frieder Otto Wolf

 

 

                El divorcio cada vez más profundo entre los representantes convencionales y sus comportamientos, por un lado y los problemas reales por otro, revela la crisis de la política establecida. Este movimiento está tan sólo en sus inicios. Pues la vida terrestre es mortal: ahora lo sabemos. Y no de muerte natural, sino social. La humanidad sería irresponsable si no emprendiera la autotransformación más completa y rápida que jamás se ha visto obligada a efectuar. Ninguna sociedad podrá eludir esta exigencia. Sin embargo, la política establecida no ha preparado a ninguna colectividad a abordar el reto. Los partidos tradicionales creen que tienen nada que ofrecer.

Es posible que emerja una civilización superior y pluralista. Posible, pero no seguro. Debido a las enormes desigualdades que hoy separan entre sí a los seres humanos, también es posible que los estados, las clases o los clanes mejor abastecidos, mejor organizados y armados, elaboren e impongan soluciones fundadas en la opresión, la explotación y la exclusión de lo pobres, de una parte de la juventud y de las mujeres.

Han salido a la superficie nuevos datos y nuevos problemas: exigencias de carácter ecológico, de liberación de las mujeres, de liberación de los pueblos de África, Asia, América Latina y Oceanía, de desalienación salarial, social y política, en el corazón mismo de los países ricos.

A la vista del debate que resulta indispensable, nosotros, mujeres y hombres con largos historiales de izquierda, a la vez distintos y convergentes, tomamos partido por la solución que se nos ofrece como la mejor en Europa: una alternativa ecosocialista, a la vez feminista y antiautoritaria.

 

Lo ecológico, lo social y lo económico

Desde su surgimiento, la vida sobre la Tierra no deja de transformase, transformando a la vez el medio dentro del cual evoluciona. La humanidad ha tenido que adaptarse a las variaciones climáticas y reaccionar ante los fenómenos naturales.

Hoy, en cambio, el problema tiende a invertirse. Es la especie humana la que ejerce violencia sobre el movimiento de la naturaleza. Aparte de las contaminaciones y del agotamiento de varios recursos, puede provocar cataclismos de magnitud parecida a la de las erupciones volcánicas o los terremotos. Y aun mayores. Ha empezado a diezmar las especies animales y vegetales, a transformar las cadenas tróficas. Difunde venenos en el ecosistema que durarán miles de años. Modifica la composición química de la atmósfera. En el más extremo de los casos, puede eliminar casi instantáneamente, mediante la guerra atómica y el subsiguiente invierno nuclear, toda vida superior sobre la superficie del planeta.

Nunca antes en la historia de la Tierra habían tenido lugar modificaciones de una tal magnitud en lapsos de tiempo tan breve. La relación de la sociedad con la naturaleza, al cambiar en cuanto a la escala y a la celeridad, cambia parcialmente de sentido. No es la naturaleza la queda expuesta a peligros, pues su existencia proseguirá pase lo que pase. Lo que se acerca a un estado de grave peligro es la vida terrestre, y en primer lugar la vida humana. Este es el principal resultado del capitalismo. Hasta hoy el socialismo ha sido incapaz de hacer frente a este desarrollo torcido. Al contrario, ha alcanzado igual resultado en periodos más cortos. Las principales pruebas están a la vista de todo el mundo.

A la vez se desarrolla la explotación de millones de asalariados, mujeres y hombres. Esa explotación es resultado, por de pronto, de la venalidad general con la que en el sistema capitalista se trata al ser humano como fuerza de trabajo, susceptible, al  igual que cualquier otra mercancía, de compraventa.

Desde hace un par de siglos los asalariados de ambos sexos han luchado. Frente a la competencia han esgrimido la solidaridad, han logrado reducciones de la jornada de trabajo y han combatido para mejorar su condición. Pero no han conseguido acabar con el sojuzgamiento real.

            Es evidente a nuestro parecer que las estructuras desempeñan el papel fundamental en nuestras sociedades. Pero la verdadera responsabilidad, individual y colectiva, de cada una y cada uno de nosotros es de carácter general. En lugar de acomodarnos al sistema, lo que deberíamos hacer es combatirlo. Llevando su lógica hasta sus últimas consecuencias, la ecología política, a diferencia de la teoría económica clásica, no considera ineluctable el capitalismo. La ecología política no fomenta tampoco la ilusión de que los problemas se resolverían con otros sistemas económico productivistas. El sistema productivista no puede difundirse por toso el planeta.

La sociedad no tiene más salida que luchar contra el actual modo de producción y consumo, y abandonarlo. A partir de ahora, cualquier compromiso histórico, aunque se haya establecido transitoriamente en función de los problemas y de las relaciones de fuerza, tendrá que promover a la vez lo social y lo ecológico.

La respuesta a este desafío no provendrá de la naturaleza ni de la economía entendidas como fuerza ciegas. Solo puede proceder de unos seres humanos conscientes y asociados. En lo esencial no será técnica, sino cultural, es decir, política en el sentido más propio. La solución no reside en ninguna negación maltusiana de las capacidades ni de las necesidades humanas, Llevada al extremo, este tipo de solución integrista, a veces sugerida en nombre de una ecología profunda, eliminaría el problema de la producción eliminando la producción, y el problema de las relaciones de la humanidad con la naturaleza eliminando a la humanidad. Para nosotros, en cambio, el ecosocialismo no puede ser más que un humanismo.

 

La liberación de la mujeres

Socialismo, ecologismo y feminismo: estas corrientes no han surgido de las mismas contradicciones. Aunque todos los ecologistas se hubieran convertido en feministas y todas las feministas en ecologistas, los dos movimientos seguirían siendo distintos.

Es cierto que una relación biológica específica vincula a las mujeres con la reproducción de la especie humana. Pero de ahí no se sigue que tengan por esencia una afinidad o identidad con la naturaleza. Sería una visión extrañamente machista la que colocara a un lado a unos seres de cultura, los hombres, y al otro a unos seres de naturaleza, las mujeres. Para los humanos de ambos sexos la hominización es cultural. La feminidad y la masculinidad actuales son producto de unas relaciones sociales dominadas por los hombres durante milenios y la estereotipada distribución burguesa de los respectivos papeles de unos y otras. Las mujeres no están más cerca de la naturaleza que los hombres.

La economía política clásica, inventada por hombres, falocrática, niega la existencia de una producción doméstica y no ve en la familia más que una unidad de  consumo. Aparentemente, del hogar no salen ni mercancías ni plusvalía. La mujer que cambia la ropa de un niño de pecho, prepara la comida y educa a los niños produce importantes valores de uso.

La familia restringida, el hogar, a la vez que lugar de trabajo, es para las mujeres el lugar donde se concentran las alienaciones –y a menudo incluso las violencias- de que son víctimas. Pese a que este trabajo femenino representa, medido en tiempo social, la misma cantidad de horas que el trabajo asalariado, las contabilidades nacionales lo ignoran. Sobrevalorando el trabajo productivo, el capitalismo, desde hace un par de siglos, ha logrado apoderarse, en los países industrializados, del trabajo doméstico. Son las mujeres las que renuevan la fuerza del trabajo. Al comprar esta fuerza de trabajo, el capital explota el trabajo no pagado de las mujeres, tengan empleo o no. El capitalismo sólo ha podido desarrollarse gracias al modelo patriarcal, que deja en manos de las mujeres una enorme cantidad de trabajo no valorizado, al considerarse una función natural y, de hecho, como no trabajo. El trabajo doméstico, negado y gratuito, determina asimismo las condiciones de empleo de las mujeres.

Toda la organización del trabajo debe ser revisada pensando en los dos sexos. El movimiento obrero perpetuaría la explotación de ambos sexos si no pusiera en entredicho el modelo dominante de división sexual del trabajo a cuya reproducción ha contribuido activamente. Sólo el rechazo de la opresión de las mujeres abre la puerta a la extinción de toda explotación.

Luchamos por la paridad. Tantas mujeres como hombres en todas las instancias políticas. Los ecosocialistas queremos que todos los países europeos no sólo adopten el principio de la representación proporcional en las elecciones, sino que además lo refuercen con la alternancia obligatoria en cada lista de la mujeres y los hombre en puestos elegibles.

 

Jamás hubo tanta riqueza y tanta pobreza juntas

Antes de la revolución neolítica las diferencias de ingreso medio por persona no debían de superar la proporción de 1 a 1,5. El nacimiento de la agricultura aumentó esta distancia aproximadamente en un tercio a lo largo de varios milenios. Después de unos dos siglos de capitalismo, el producto medio por habitante evaluado para los diez países que se consideran los más pobres del mundo supone la centésima parte del de los países industriales más opulentos.

 

El mundo creado entre los siglos XV y XX no puede subsistir como antes

            El FMI y el Banco Mundial no quieren acabar con la asimetría de los intercambios Norte-Sur. Tratan de mantenerla desplazándola hacia el intercambio de bienes con tasas desiguales de valor añadido e intensidades tecnológicas desiguales.

Las derechas extremas sugieren que se institucionalice su apartheid planetario. Así, Europa debería  rodearse de un muro contra los inmigrantes, como el imperio romano en su momento. Constituiría un tercer bloque, que desplazaría las industrias contaminantes, explotaría las materias primas y los productos agrícolas del tercer mundo y trataría de éste como basurero.

Antes de la primera guerra mundial, Lenin estigmatizaba el reparto entre los obreros de las metrópolis de la migajas de los robado en las colonias. La ecología nos muestra que las migajas llevan veneno que afecta a todos los pueblos. No habrá isla verde en un océano de contaminación.

 

 

 

 

Proponemos otra salida con un horizonte ecosocialista

Para fundar una nueva civilización, hace falta un diálogo entre todas las culturas del planeta. La humanidad constituye una unidad. Pero en nuestra era moderna no puede realizarse según un modelo único. La salida radica en una pluralidad de formas ecosociales. Es mejor un planeta de culturas que una cultura planetaria. Un planeta “pluriversal”.

Esta difícil transformación supone, por una parte, que las europeas y los europeos se concentren en la solución de sus propios problemas con sus propios medios: esa es la responsabilidad que los ecosocialistas de Europa están dispuestos a compartir; por otra parte, supone que las europeas rechacen cualquier solución que ratifique, pura y simplemente, sus actuales privilegios. Los ecosocialistas no consideramos que la ecología sea un lujo para clases acomodadas o pueblos opulentos. La calidad de nuestra vida no nos preocupa más que la supervivencia en el tercer mundo. Los problemas y las soluciones del Norte y del sur son interdependientes.

Las europeas y los europeos deben reorientar los modos de producción, de consumo y de vida de los países donde viven, contribuyendo a que promueva la autonomía del tercer mundo.             No pretendemos dar lecciones ni ofrecer modelos. Simplemente, estamos y estaremos siempre en el bando de los pobres, los explotados, los marginado y los humillados.

 

Hacia una nueva cultura política

Muchos de los problemas con que tropiezan las sociedades no podrán ser resueltos más que si se cumple esta doble condición: que la inmensa mayoría – en teoría, la totalidad- de las personas tengan la posibilidad real de definir por completo las necesidades, programar las respuestas y dirigir su aplicación; y que las soluciones se busquen ante todo a nivel local y regional, en instancias de base que estén a la vez en contacto directo con el terreno y que, gracias a una utilización democrática y crítica de los nuevos medios de difusión, comunicación, e información interactiva, estén enlazados sin interferencias con los datos globales.             La reacción política a los riegos ecológicos y sociales debe ser ante todo una democracia descentralizada, participativa y tan directa como resulte posible.

 

El estado-nación, invento europeo, ya no es en Europa la medida justa

El estado-nación debe quedar superado por un espacio más amplio y una comunidades más pequeñas.             Lo cultural y lo territorial no tienen por qué coincidir necesariamente: en Europa muchas nacionalidades se entremezclan. Nuestro continente debe garantizar la libre circulación de todas las personas y su derecho a establecerse en cualquier lugar.

Ni fragmentación feudal ni unificación desde la cumbre. La Europa de las regiones implica no sólo que no se cree un superestado autoritario, sino también que no se sustituyan los estados actuales por un mosaico de estados más pequeños.

No se trata de destruir, sino de construir, no se trata de conquistar el estado sino de crear y poner a prueba constantemente instituciones políticas radicalmente nuevas. Hacer que desaparezcan todos los sistemas de poder, eliminar las raíces, conscientes o inconscientes, de la dominación, acceder a la autodeterminación: todavía no se ha instaurado a gran escala ninguna solución semejante.

 

 

 

 

Volver a fundar una perspectiva de emancipación social

La ecología política revela las causas esenciales del fracaso de las componentes de la izquierda establecida. La interacción de los ecosistemas y de las sociedades humanas plantea el problema de las relaciones sociales. Las economías antiecológicas se han desarrollado en ciertos tipos de sociedad. No se puede aspirar a un radicalismo ecológico en lo económico y lo político deslindado del radicalismo social. En lugar de ser alternativa a la emancipación social, la ecología política quiere y debe propiciar una alternativa emancipadora.

La euroizquierda parece decantarse por programas neo-keynesianos. Admite las reestructuraciones capitalistas tratando de orientarlas hacia lo social y de incorporar una contabilidad ecológica al crecimiento. Apuesta por un mercado interior europeo, por un nuevo planteamiento de las relaciones con el Tercer Mundo que genere nuevos canales comerciales y por los intercambios comerciales con el Este.

Este tipo de proyectos son sin duda más acertados que los que siguen el neoliberalismo salvaje, por no hablar de la barbarie de extrema derecha. Pero resulta ilusorio considerar que los partidos socialdemócratas, socialistas y laboralistas puedan llegar, gracias simplemente al empuje de sus corrientes progresistas internas, hasta el extremo de poner en tela de juicio las relaciones capitalistas, productivistas, patriarcales, neocolonialistas y estatalistas.

Nuestra opción ecosocialista no es la de la euroizquierda, aunque nuestra política alternativa deje abierta la posibilidad de cooperar, en ciertos momentos o aspectos, con los partidos de izquierda establecidos, para formar mayorías sociales y políticas nuevas. Optamos por la constitución en Europa de un conglomerado de fuerzas políticas completamente independientes y que defiendan esta alternativa.

Los comunistas pudieron encontrar en la obra de Marx métodos y conceptos que les habrían permitido enfrentarse a cada descubierta con los problemas ecológicos, en lugar de eludirlo. Por ejemplo: el método dialéctico, el cuestionamiento de la propiedad como derecho ilimitado de uso y abuso, las ideas de control y de planificación racional…  Marx define el comunismo como una sociedad en la que los productores asociados regularán racionalmente y por sí mismos sus relaciones con la naturaleza. Insiste en la necesidad de reducir el tiempo de trabajo con fines económicos en su fórmula: “A cada cual según sus necesidades”. Distingue la calidad de la cantidad, el valor de uso del valor de cambio. Aunque ciertamente contradicho más tarde por Stalin, prevé la extinción del Estado. Para él, y en eso también lo contradijo Stalin, el libre desarrollo del individuo condiciona el libre desarrollo de la sociedad. Ni Marx ni Engels ignoraban los argumentos ecológicos. Se ha podido descubrir en su obra un pequeño florilegio de citas en que la economía aparece como un flujo de intercambios con los ecosistemas. Pero muy pronto la reflexión marxista se ciñó al subsistema económico considerado de forma aislada, se concentró en las contradicciones internas del capitalismo, sin generar una nueva economía política.

El pensamiento post-marxiano se centró en dos tesis del fundador: 1) una época de la revolución social se inicia necesariamente cuando, en cierto momento de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes; 2) el comunismo sólo puede instaurarse, tras la revolución, si las fuerzas productivas han crecido lo suficiente como para que todas las fuentes de la riqueza colectiva manen con abundancia. Lo que equivale a decir que cambiar la sociedad supone aumentar la producción al máximo: Dicho concepto ha pervertido la imaginación social de gran parte de los trabajadores asalariados y de sus organizaciones. Ha permitido calificar de revolucionario todo lo que incrementa o hace más eficaces los medios de producción.

 

La experiencia demuestra que, ya que el pensamiento refleja el ser, la cultura obrera del productivismo resulta de la unidad dialéctica que opone y une a la vez a la dicotomía capitalismo/proletariado. Ambas fuerzas proceden de la misma matriz: el economicismo.

La experiencia demuestra que la técnica no es neutral, sino que está ligada a los objetivos de la producción. Una sociedad socialista no puede limitarse a calcar las fuerzas productivas del capitalismo.

La experiencia demuestra que la propiedad estatal de los medios de producción y de intercambio no resuelve nada por sí misma.

La experiencia demuestra que se dan contradicciones, que todavía no se han resuelto en ninguna parte, entre la estatalización general y el proyecto de extinción del estado.

La experiencia demuestra que la mera crítica del individualismo es reduccionista.

La experiencia demuestra que el movimiento obrero ha transformado muchas sociedades, pero no ha liberado a ninguna. Si el socialismo se vinculara de manera casi exclusiva con el proletariado de las grandes fábricas, sería efímero. La propia ecología demuestra que el sujeto de las necesarias transformaciones históricas no puede circunscribirse a la clase obrera en tanto que las masa explotada y sujeto activo de la producción. Dicho sujeto es el conjunto de trabajadoras y trabajadores, consumidoras y consumidores, usuarias y usuarios en su condición de enajenados en su relación con la naturaleza y la economía.

Ninguna contradicción lleva en sí misma la solución para superar de manera global el sistema. Ninguna contradicción es absoluta. La novedad de nuestra época consiste en que afloran al mismo tiempo la mayoría de las contradicciones. Ciertas personas y ciertos grupos experimentan una más que otras y se radicalizan debido a la explotación salarial, el feminismo, la ecología….. Las contradicciones se articulan y se oponen entre sí. Pueden intensificarse y ganar en complejidad hasta el punto de hacer fracasar cualquier tipo de explicación monocasual, pues se requiere la intervención de actores sociales diferentes. No se trata ni de mantener una concepción obrerista ni de sustituir una contradicción por otra. La transformación ecosocialista que proponemos será multidimensional. Debería permitirnos pasar de una emancipación restringida, que ha fracasado, a una emancipación generalizada.

La ecología pone en el candelero los conceptos de umbral y de irreversibilidad. Desde los años cincuenta se han franqueado umbrales y se han desencadenado fenómenos irreversibles. Resultaría insensato pretender restaurar modos de vida que establecieron sociedades muchos menos numerosas y complejas, en condiciones ecosistémicas mucho menos perturbadas.

Los ecosocialistas rechazamos la idea de que las catástrofes espontáneas o provocadas engendran las revoluciones más deseables. Consideramos que la ruptura tendrá que ser una trasgresión compleja y prolongada de un modo de producción y de vida para acceder a otros.

            Los ecosocialistas optamos por la no violencia. La no violencia no basta nunca para obtener una decisión política. No puede aplicarse de manera uniforme en cualquier circunstancia. Un pueblo puede verse obligado a tratar de salvar su vida por medio de las armas; con6tra el fascismo, por ejemplo. Pero entonces debe ser consciente de que tendrá que pagar por ello. La exigencia y las probabilidades de que haya sociedades no violentas aumentan. Estudiar y aprovechas en cada situación concreta todas las posibilidades prácticas de acción no violenta contribuye ya de alguna manera a esta transformación social fundamental. La política de la no violencia es realista. Por mucho que se oponga a la guerra civil y a la guerra en general, no deja a la ciudadanas y ciudadanos desarmados ante la guerra y ante la guerra civil ajena.

Una política de la no violencia debe apoyarse en elementos de consenso reivindicativo, jurídico y moral bien arraigados en la sociedad, si quiere oponer a la fuerza del estado una fuerza social superior. Todo estado depende materialmente de la cooperación de los dominados. Gracias a las tácticas de la resistencia pasiva, de la no cooperación, del boicot, la política de no violencia extiende el método de la huelga a todas las esferas sociales. Esta política es autoeducativa. Al utilizar derechos que el estado no reconoce o reconoce sin permitir por ello que se ejerzan, la desobediencia civil revela de manera concreta la ilegitimidad de la opresión estatal.

Ni la guerra ni la guerra civil son la forja en que debe fabricarse un nuevo ser humano. Los héroes que producen no son los constructores ideales de una sociedad emancipada. La fuerza de la acción no violenta es más constructiva que contestataria. Requiere altos grados de concienciación, de colaboración, autodisciplina y valor. Pone en práctica formas de asociación autónomas que se centran en realizaciones tangibles y consensuales. Congrega fuerzas plurales y permite que un gran número de personas participen en la acción, aunque no puedan manejar armas. En una palabra, socializa más aún la política.

El productivismo está en crisis. No se trata sólo de una crisis financiera, presupuestaria, de excedentes de producción, ni de una crisis de gobernabilidad, una crisis moral o de una crisis debida a la droga: el capitalismo ha sobrevivido a otras de índoles variadas. La debilidad fundamental de productivismo es que trata la fuerza de trabajo humana y la naturaleza como fuerzas productivas sin poder generarlas como tales.

 

Resistir, reflexionar, reorientar, reagrupar

            Primer imperativo: preservar cuanto se pueda; intervenir siempre que sea posible para evitar estragos irreversibles de consecuencias trágicas. Cuanto más se demora la intervención, más difícil resulta.

Eso supone la creación o el desarrollo de sistemas de vigilancia continua que suministren la información más abundante y precisa posible acerca de todas las variables de los ecosistemas y de sus  relaciones. Multiplicar las observaciones, publicarlas, conectarlas e interpretarlas es un trabajo arduo pero de importancia capital, que no debe dejarse solamente a los expertos de la economía y del estado. Estas redes sólo tendrán sentido si la investigación pluridisciplinaria sobre todos los efectos de la actividad humana lo realizan a la vez la comunidad científica y, en estrecha relación con ella, el conjunto de la población, las asociaciones, los sindicatos, los ediles y los profesionales.

Esta estrategia puede llevarse a la práctica a todos los niveles en torno a asuntos muy variados: una fábrica, una presa, una autopista, un proceso industrial, un producto, un barrio, un árbol…  Pueden conseguirse restricciones, moratorias y prohibiciones; Puede recurrirse a boicots, bloqueos, a la desobediencia. En la perspectiva global que proponemos, la defensa de lo cotidiano supone amplitud de miras; salvaguardar lo próximo es proteger toda la Tierra.

            Aliada hoy a menudo con los poderes políticos, económicos y militares, concentrada en los países opulentos y aún dominada ampliamente por el género masculino, la ciencia produce conocimiento pero carece cada vez más de una visión global coherente.

 

La ecología global aporta o investiga, junto a muchas otras ciencias en la actualidad, nuevos conceptos para pensar lo complejo, la finitud, el movimiento, los fenómenos emergentes, la irreductibilidad del todo a las partes, la interacción, la interdependencia en el tiempo y el espacio… Incita a considerar formas sutiles de aprehender como la dialéctica cantidad/calidad, y a situar en contexto nuevos las conquistas de pensamientos anteriores..

Las reorientaciones estructurales constituyen el corazón del cualquier proyecto alternativo. Lo principal y también lo más difícil es empezar a invertir las cosas, pasar de una ecología estática a una ecología dinámica.

Las reorientaciones podrán empezar ahora mismo con medidas contra el despilfarro: moderar, reducir, suprimir consumos tales como el exceso de electricidad, los productos desechables, productos de muy corta vida, papel blanqueado, maderas tropicales.

Las movilizaciones sociales serán el motor de una transición ecosocialista. Formas concretas de alternativa reagruparán a mayorías sociales plurales. No sobre la base del mínimo común denominador, sino tomando en consideración la singularidad de cada movimiento social como un elemento de fuerza y de riqueza.

Nos situamos en una corriente que puede calificarse de izquierda por razón de los valores que defiende: apoyamos un proyecto moderno y exigente de emancipación humana frente a toda explotación y toda dominación, que se inscribe en la tradición ilustrada, la lucha del movimiento obrero, de los movimientos de liberación de África, Asia, América Latina y Oceanía, del movimiento de liberación de las mujeres.

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