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Debate del Estado de la Selección

 

Marcó gol Iniesta y la clase política traspasó la delgada línea roja que separa la emoción e histeria colectiva de la estupidez, si es que a veces no son lo mismo. Uno admite que un gol genere ilusión raudales, alegrías incontenibles, expresiones colectivas de júbilo. La esencia del deporte, más allá de títulos o derrotas, de hazañas, estadísticas o records pulverizados, de periódicos, libros o ediciones especiales en DVD en que se recogen las grandes gestas deportivas, se reduce en esencia a momentos: inolvidables para sus protagonistas, más o menos duraderos para la hinchada o el mero espectador.
 
A las pocas horas de haber levantado el título de campeones, los políticos se esmeraban en metáforas imposibles y comparaciones ridículas, siempre con los protagonistas de la hazaña futbolística como germen de sus ocurrencias. Y por supuesto, todo ello para `argumentar` verdades que jamás serán demostradas, por carecer de base científica alguna, o porque pondrán de manifiesto que quien las formuló es un perfecto imbécil.
 
El problema estriba en los límites, en el umbral de estulticia que uno está dispuesto a tolerar a la clase política, y en la autoexigencia que uno se impone para detectar en qué momento lo están llamando idiota a la cara. En esta semana de fervor patriótico y exaltación de la ignorancia futbolística –como si por ser campeones cualquiera esté capacitado para opinar del doble pivote, del fuera de juego posicional, o de los cambios que hizo Del Bosque-, hemos asistido a ejemplos suficientes: primero, la confrontación interesada entre el apoyo que ha obtenido La Roja, la oleada de banderas rojigualdas y el nacionalismo, como ideología legítima. Segundo, los manidos cálculos de si el triunfo en el mundial benefició o perjudicó al Gobierno. Tercer ejemplo, la oleada ventajista de reconocimientos (tardíos) a deportistas que merecen nuestro reconocimiento pero que tampoco dejan de ser más que eso, grandes deportistas, iconos, referencias colectivas.
 
Y así las cosas, el Debate del Estado de la Nación a punto estuvo de convertirse en el Debate del Estado de la Selección, o lo que es peor, en mera confrontación futbolera.  De una parte, porque para algunos políticos el triunfo mundialista equivale a la esperanza, a un futuro armonioso, al fin de la crisis… si con frecuencia se critica a la clase política su enorme capacidad de abstracción de los problemas reales de la gente, ahora podría achacársele lo contrario: en un momento de emoción y optimismo, no hay que ser agorero, pero sí recordar que los problemas siguen encima de la mesa. De otra, porque planeó por el Hemiciclo la grosera intención de convertir la política en cosa de dos, como si de un Madrid-Barça se tratara, como si no hubiera minorías y éstas no tuvieran nada que decir, y dando por supuesto lo evidente: que el árbitro serán los nacionalistas, y habrá que hablar Euskera o Catalán en la intimidad.
 
Aborrezco el Debate del Estado de la Nación porque nadie se molesta en disimular, y se fomentan los embustes: a mitad del debate (cuando termina de hablar Rajoy) se nos pregunta quién ha ganado. Quienes detestan la política, exigen entendimiento a los políticos, obviando interesadamente que representan intereses sociales antagónicos, y por supuesto, el debate se centra en un cara a cara entre dos políticos que cantan diferente letra, pero hace tiempo que interpretan la misma partitura.

 

 

Aborto y Patriotismo Constitucional

La entrada en vigor de la Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva no ha estado exenta de polémica. Como no podía ser de otra manera, la (mayoría) de las comunidades autónomas donde el PP detenta el poder autonómico han decido boicotearla. Más allá de que el aborto y la salud sexual sean objeto de sempiternas polémicas y generen miedo, lo cierto es que tras la “insumisión” de algunas comunidades autónomas subyacen problemas políticos de gran calado.
 
Porque cuando una Comunidad Autónoma boicotea una norma jurídica de obligado cumplimiento para todos, lo que está haciendo es poner en jaque todo el entramado institucional que configura el actual sistema político español. Dicho de otro modo, los patriotas constitucionales abdican de su sagrado texto cuando no gobierna quien les conviene. Negarse a aplicar una Ley por mucho que se quiera dudar (o sembrar dudas) de su constitucionalidad, supone negar la legitimidad del Parlamento. Si hasta ahora, estábamos acostumbrados a que la legitimidad de los políticos y de las instituciones se pusieran en solfa con argumentos y ficciones elaboradas desde el prisma del nacionalismo periférico ahora, el Partido Popular, hace gala de su doble vara de medir, y aprovechando que el aborto suscita debate social y moral, se opone a una Ley porque, en síntesis, no la han votado ellos. “O mandamos nosotros, o la Ley no vale”, nos vienen a decir, poniendo la moral y la constitución como excusa.
 
La negativa del PP a aplicar la Ley, supone de nuevo, crear mayor desigualdad entre ciudadanos. En este caso, puede ocurrir que una mujer que reside en Almería, cuente con la posibilidad de ejercer unos derechos que en Murcia le serán negados. Y ello con independencia de su creencia, religión e incluso afinidad política. Eso es lo de menos. Si es andaluza, el Gobierno acatará la Ley. Si es murciana, tendrá que recurrir a la medicina privada.
 
Y finalmente, como suele ocurrir detrás de los grandilocuentes titulares, subyacen otras verdades. Como la de uno médicos que trabajando y cobrando del erario público, recitan de carrerilla su derecho a objetar, mientras en clínicas privadas hacen el agosto. No estaría de más que los reparos que oponen al derecho a abortar de una mujer, se los plantearan a sí mismos, cuando realizan intervenciones que generan pingües beneficios pero conllevan riesgos para la salud del paciente.
 
Que la Iglesia sea presa de sus miedos es algo respetable. Que el Partido Popular ejerza de conservador y vote en contra del aborto porque lo considera una aberración, responde a su lógica política. Pero resulta inadmisible que las administraciones sean insumisas a la Ley, que el Clero ejerza una influencia desmedida en el poder político y que las instituciones se patrimonialicen con descaro por los partidos mientras las consecuencias las sufren, como siempre, las pacientes (mujeres, por supuesto).
 
Lástima que en tiempos de fervor patrio, los derechos constitucionales reciban patadas con tanto descaro.

 

De camino al colegio

 

Entras a la escuela y formas en fila como un autómata, sabiendo que aún es requisito obligado para entrar en el aula. Lo haces mientras saludas a los compañeros y rumias en silencio el miedo a la catástrofe: que te pregunten por unas tareas que postergaste en pro de la penúltima tanda de penaltis lanzados sobre una portería pintada con tiza, o que habiéndolas hecho, tu mala cabeza te ha hecho olvidar de nuevo. Y mientras, escuchas dentro de ti a una voz interior que aún no es la tuya sino la de tu madre, preguntándote si has guardado todo en la mochila y si llevas hechas las tareas, y maldices el momento en que decidiste mentirle.
 
Sabes que tu colegio es público y eso significa que es diferente. Lo sabes porque por suerte no hay curas, y no hay más imperativo en tu vestuario que el de llevar chándal si ese día hay suerte, y aparece la gimnasia como acontecimiento en un horario que sólo reserva las tardes libres para los meses de Septiembre y Junio.
 
Ya en el aula contemplas distraído y ausente, la foto de perfil de los Reyes y el Crucifijo sobre un encerado plagado de operaciones imposibles de resolver esperando su víctima. Te pones en pie cuando entra “la Seño” y cantas a coro “Alabaré, alabaré a mi Señor” con la misma naturalidad con la que se recita el curso del Ebro o se canta la tabla del 9
.
Te sientes ausente y detectas contradicciones que no aciertas a descifrar. Del mismo modo que hiciste las tareas por obligación, las olvidaste encima de la mesa al coger el balón; formas la fila para entrar en la escuela contando las horas que restan para enfilar con los amigos la calle Compañía. Buscas con la mirada, a modo de amuleto, el retrato de Juan Carlos y Sofía, pero sabes que su mirada es ausente, lejana, y percibes el crucifijo y recitas el hit del cancionero católico sintiéndote tan ajeno a él como a Reinosa, Fontibre o Calahorra, cuando evocas el paso del Ebro. Es el año 89, y eres el único alumno de “ética”. Estudias en Colegio Público, y cuando el resto aprende religión, o se distribuye las huchas del DOMUN, tú cambias de aula y de compañeros. Una desventura sólo superable por la posibilidad de hacer FP o repetir y caer “en la reforma” (LOGSE).
 
Con el tiempo entiendes algunas de las claves y resuelves determinadas incógnitas. Ya no envidias a los niños que van al colegio concertado de tu barrio, y aprecias el sacrificio de tener que madrugar más y caminar más por ir a un Colegio Público. Ya no eres el único que abandona el aula cuando hay Religión. Ya no hay crucifijos y te han explicado qué es la Iglesia Católica, quién era Galileo y tú solito intuyes las razones por las qué 350 años la Iglesia “lamenta pero no condena” sus errores con Galileo.
 
Aprietas la mano del niño al que llevas a la escuela y al que percibes más pequeño de lo que tú eras a esa edad. Sigues absorto pensando en que contestar a la pregunta de por qué sus vecinos van al colegio de enfrente y por qué ese cole tiene piscina y campo de fútbol, y en el suyo apenas quedan niños y al terminar el curso se cerrarán las aulas para siempre… y dudas en si mentirle o explicarle qué es la Escuela Pública y la concertada, la libertad de elección de centro para unos, y la deserción obligatoria para otros. Optas por una respuesta ambigua, le despides, y de camino al trabajo observas en un periódico a Saramago “de cuerpo presente”, mientras lees los insultos que le dedica un portavoz del Vaticano. Y al lado, otro titular: El PP propone prohibir el velo en los espacios públicos… lástima no tener la inocencia de hace más de 20 años.
 

*El CEIP Luis Vives cerró para siempre sus puertas en Junio por falta de alumnos. El siguiente será probablemente el Rodríguez Aniceto. Sólo un centro público de Salamanca tiene problemas para hacer frente a las solicitudes de escolarización. La Junta de Castilla y León asegura que la libertad de elección de centros sigue garantizada.

 

 

 

Hacer de la crisis una oportunidad

 

Antonio Fraguas, Forges, acertaba a resumir en una viñeta la preocupación de este país el día antes de ser aprobada por Decreto Ley la reforma laboral: lo importante es saber si juega Iniesta.

Avatares de la crisis, o razones de torpe estratega, Zapatero convocó un Consejo Extraordinario de Ministros el pasado día 16 para asestar un golpe (más) a los trabajadores pensando que España ganaría a Suiza, y el tiro le salió por la culata. Ni un sólo gol se le anotó a la selección de un país que a más de un español le trae recuerdos: a unos, por su pasado emigrante, a otros por los viajes en avión realizados para ayudar a “emigrar” dinero a cuentas cifradas en tiempos en que nadie hablaba de globalización ni se conocía el exotismo de ciertos paraísos fiscales.
 
Sea como fuere, a Zapatero ya no le sale bien ni la vieja estrategia del pan y circo. Se reservó la cartera de Deportes, se encomendó a La Roja (antes de 2008 conocida como La Furia) para que nadie hablara de paro, y acabó pinchando en hueso.
 
Benedetti decía que la realidad depende del dolor con el que se mire. Tal vez por ello el rico no ve al pobre cuando éste le abre la puerta al salir de la Iglesia y puede que algo parecido les pasara a los cachorros del PSOE. Sólo una juventud indolente, cínica y muy alejada de la realidad (y de la izquierda) tiene la ocurrencia de convocar a las masas (y a la prensa) a un evento denominado “Rojos con la Roja” el mismo día en que se aprueba la reforma laboral. El evento de las Juventudes Socialistas que consistía en abrir la sede del PSOE a la ciudadanía para animar juntos a la selección en el mundial puso de manifiesto su nula capacidad de convocatoria y su desprestigio ante una juventud que empieza a tener razones suficientes para pasar de ciertos políticos.
 
En tiempos de crisis, la Monarquía también ha decidido arrimar el hombro. Don Felipe y Doña Letizia no querían ir a Durban pero alguien debió de decirles que su ausencia en un sarao televisado a medio mundo no sólo desestabilizaría a los integrantes de la Selección, que echarían en falta sus aplausos y cariño en el palco presidencial, sino que la ciudadanía comenzaría a sentir miedo de verdad. Si no hay dinero para que los Príncipes viajen como para pensar en pedir una beca o intentar comprar una VPO, razonaría la población. Y además, si el Gobierno hubiera recortado la asignación a la Casa Real se habría dado ante el mundo una sensación de debilidad que un país cuya economía está en la Champions no puede permitirse. Tampoco a la Zarzuela se le pueden exigir gestos, que en una ocasión a la Reina se le ocurrió volar en Low Cost y un paparazzi le amargó el viaje.  Inventos ni con gaseosa, y como dirían aquellos, si hay que ir, se va, pero que conste que la Familia está consternada ante la marcha de la economía y la crisis les afecta, como a la mismísima Carmen Lomana.
 
Suecia sí ha demostrado ser un país avanzado. Con Monarquía, pero avanzado. Si el exiguo presupuesto de más de 1 millón de euros que el Gobierno asignó a la boda de Victoria, la hija del Rey Carlos XVI Gustavo era insuficiente para organizar el bodorrio, éste, en un ejercicio de transparencia y buenos reflejos, evitó que sus invitados se quedaran sin guateque, poniendo la diferencia… ¡de su bolsillo! (los suecos duermen ahora mucho más tranquilos).
 
Dicen que hay que saber hacer de la crisis una oportunidad. Hace un año se hablaba de crisis y de refundar el capitalismo. Hoy, mientras el paro alcanza cifras escandalosas, se eleva la edad de jubilación y se abarata el despido, las monarquías lucen glamour sin rubor alguno, y la izquierda convoca a las masas para ver la tele. Definitivamente, estamos perdidos.

 

 

Fútbol, deuda del pueblo





Deben más de 607 millones de euros a la Hacienda Pública, y una cantidad semejante –aunque nunca aclarada por el Gobierno- a la Seguridad Social. Ahora, en plena crisis, y con medio país ahogado por el Decretazo, anunciarán inversiones millonarias: son los clubes de fútbol profesional.

 

Ejemplo paradigmático: el Real Madrid. En el año 2000 acumulaba una deuda de más 270 millones de Euros. Supuestamente, el Florentinato puso fin a la deuda con la fórmula mágica de conseguir que el Ayuntamiento de Madrid recalificase su Ciudad Deportiva, convirtiendo el césped que vio crecer a “la Quinta del Buitre” en rascacielos en el ensanche de Madrid que reportaron al club 480 millones de beneficio. “Recalificación o muerte” gritaban los forofos, y medio país bendijo la operación, mientras el resto de clubes y de ciudades planificaban estadios que nunca se llenarán, y exigían su porción de suelo público para sanear cuentas y realizar fichajes, a costa de especular con pisos que ahora no hay quien venda.

 

Para entonces, Florentino Pérez ya había conseguido de un amigo pepero, presidente de Caja Madrid, un aval de 72 millones para fichar a Luis Figo, cifra superada el año pasado por los100 millones prestados para fichar a CR9. La misma Caja ahogaba al tiempo a las pymes y hacía realidad el sueño de Florentino. Las dos caras de la crisis.

 

Seis entrenadores y 405 millones invertidos en fichajes –para conseguir una Champions y dos Ligas- no fueron suficientes para hacer cambiar la imagen de buen gestor con que contaba Florentino. Volvió, invirtió otros 250 millones, fracasó estrepitosamente y ahora se agarra al clavo ardiendo de Mourinho, operación que ronda los 88 millones de euros, más lo que habrá que abonar por el despedido del Sr. Pellegrini.

 

El negocio sería ruinoso, si no fuera porque las administraciones y el dinero público siempre respaldarán al fútbol profesional, sean clubes –lo que no los convierte en entidades públicas- o sean sociedades anónimas deportivas.

 

Si hoy, por mor de la crisis,  en España (casi) todo es revisable, no es concebible, ni aceptable, que el fútbol siga sosteniendo un modelo en el que los empresarios tiran la casa por la ventana, algunos futbolistas y entrenadores se hacen de oro, y acaban pagando los desmanes los ciudadanos.

 

Porque no lo olvidemos, detrás de cada gran fichaje y cada fracaso deportivo, siempre hay ayudas institucionales, permutas de suelo, aplazamientos de deuda que jamás se le otorgarían a otro tipo de empresario, y dinero de televisiones privadas que por supuesto han conseguido un plan de rescate por parte del Gobierno, en forma de publicidad.

 

Nadie niega que el fútbol de élite sea un estímulo para el deporte. Cierto es que los equipos compiten con el nombre de unas ciudades y que a ellas se desplazan cantidades importantes de aficionados. Pero da la impresión de que el sacrificio público y colectivo es mayor que el beneficio, sobre todo porque los clubes nunca solidarizan sus ganancias.

 

Desconfíen de todo dirigente deportivo que justifique las escandalosas cifras con ganancias en publicidad, prestigio social o futuros éxitos. Esos mismos serán los que exijan esfuerzos a la sociedad cuando vengan mal dadas… y si la crisis aprieta ya a lo público, este modelo de fútbol pronto estará ahogado.

 

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